Azul Eléctrico

jueves 3 de diciembre de 2009 | | 8 comentarios


Este relato ha quedado clasificado en una terna de veintiséis (de entre doscientos) finalistas del "II Concurso de Microrrelatos Calle del Sol" (¿A que no sabéis quien lo ha escrito?):


Hilvanando la ciudad desde los dieciocho años. Trabajando en Red Eléctrica de España para procurar tendido en la calles. Cables aéreos cruzando de subestación a subestación, de esquina a esquina, de bloque a bloque. En la última jornada de su carrera, cose el tramo del Sol, haciendo empalmes aquí y allá, abriendo cuencas voltaicas; ríos de energía para satisfacer la luz en la noche, la necesidad en el día.Tenía que ser hoy que la muerte rondara. El corazón se para y el compañero tiembla. Los perros aúllan a la ambulancia, loco emisario de la desgracia. La primera descarga sobre el pecho es suficiente para levantar el ánimo. Los ojos se abren, tose la vida. Mira al cielo azul, a la línea de conducción suspendida: la vena de la ciudad, la física potencia humana.


Para Juanito, Davizón y Marisuca por tener siempre fe en mí. Os quiero mucho.

Pongamos que hablo de Raúl

miércoles 25 de noviembre de 2009 | | 0 comentarios

Con 32 años me miro el pito y me digo: todavía funciona. Con 84 me miraré el pito y diré: que tiempos aquellos. La vida es un continuo suceder de sueños y recuerdos. En realidad, no somos mucho más que eso. Lo que aspiramos y, además, lo que hemos hecho para aspirar.
Hace ya unas quince primaveras que realicé mi primera visita a Madrid. Fue en el verano del 95, una estación que jamás olvidaré porque representa probablemente la mejor época de mi vida hasta la fecha. Fue un verano de alcohol, mujeres y desparrame a go-go con gente de la capi; que decidimos terminar con aquel viaje a una ciudad que me inspiraba un inmenso y repleto soneto de invitaciones a vaya usted a saber que cosas depravadas.
Durante la estancia tuve a bien compartir momentos y más que momentos con una chica llamada María ( ak “La Bakala”), una rubia voluptuosa con la que pasé grandes ratos y de la que me despedí con un sincero de beso de amistad… y quien sabe si algo más (nunca la olvidaré).
Allí también conocimos a Raúl, un amigo de la pandilla madrileña, auténtico madrileño chulángano y con mucho acento, que nos paseo por los mejores antros de Argüelles, Malasaña y Bilbao. Nos enseño a tomar chupitos en el ombligo de las chicas y viceversa, teniendo a bien, además, pasearse con su miembro al aire por La Latina persiguiendo a la buena de Verónica para demostrarla que a los de Madrid les llaman chulos por algo.
Recuerdo que la última noche del viaje nos llevo a un sex-shop. Uno de esos con sala de strip-tease en directo, donde te metes en una cabina y, tras introducir unas monedas, se abre una ventanuca para dejar ver a una señorita mostrando la anatómica forense (creo recordar que no demasiado agraciada). Con mis amigos Alex, Jaime y por supuesto Raúl me estuve riendo un rato (dependiendo de las monedas) gracias a que la “lady” en cuestión, al ver a tanto niñato junto, decidió tomárselo a guasa, enviándonos un buen par de movimientos teutones con guiño de ojos incluido. Fue todo lo que quería. Lo sórdido de una gran ciudad (con 17 y siendo de Santander era muy chungo, lo aseguro), compartido con amigos y en total y absoluta libertad.
El otro día me han vuelto a hablar de Raúl. Sonsoles me dijo que hace dos años, tras unas pruebas, le detectaron un cáncer de pulmón. Se marchó con treinta veranos.
Yo esos momentos nunca los olvido, amigo... Gracias por lo servido, a quien corresponda, que te dé lo comido.

No te necesito

viernes 16 de octubre de 2009 | | 3 comentarios

El valor de dormir con la ventana abierta incluso en el más crudo invierno implica dos cosas: que uno se reafirma como bilbaíno y que, lo juro, sabe de sobra cuando ha llegado el otoño. Las heladas que durante estos tres últimos días se han cernido sobre mi cuarto, certifican el inicio del ocaso de los días del año. No necesitaba el otoño ahora y sin embargo ha decidido volver, como todos los años. ¿Por qué vuelve?, ¿por qué se ofrecen cosas que uno no desea?, ¿por qué me invitan a pensar en aquello que sí deseo en mi vida y sé que ya no podrá estar?, ¿por qué no está ella? y ¿por qué volvió él? Las puertas se crearon para despedir a los indeseables y recibir a los amados. Hay gente que no pilla una indirecta ni queriendo. Estúpido otoño...


Jamie Cullum - London Skies
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El agudo terror

martes 22 de septiembre de 2009 | | 1 comentarios

Existe un pequeño pueblecito en el extrarradio norte de Múnich. Un lugar sin ningún tipo de atractivo especial que no sea el de poder atraer a una parte de la población de la capital con promesas de vivienda más barata. Sus bares ofrecen largos vasos de cerveza, lo cual ni siquiera es original, ya que esto es general en todo el lander de baviera. Nada hace sospechar, como digo, que esta localidad debiera de ser digna de una visita o de un juicio más allá de la palabra “aburrimiento”. Como las buenas historias, la sorpresa amanece en el lugar más insospechado; la “teoría del fuera de juego” que suelo decir yo.
En Dachau, que así es como se llama el lugar, existe una línea de autobuses especial. Rodea parte del pueblo y se dirige, a través de un parque precioso, hasta una parada en medio de una senda arbolada. Del interior de la lanzadera suelen descender multitud de personas de diversas nacionalidades (americanos, británicos, canadienses, franceses, australianos y algún que otro español e italiano). Se dirigen a través del piso de grijo hasta una de las puertas al destino más terribles que uno puede llegar nunca a ver. “Arbeit macht frei” (“el trabajo os hará libres”) se cita en el enrejado que la forma. Es la última gota de cínica dignidad antes de entrar en el inabarcable mal.
En 1933, seis años antes del comienzo de la II Guerra Mundial, se inauguró el primer campo de prisioneros de Alemania, que abriría el camino y serviría como centro piloto al resto de los que posteriormente estarían desperdigados a lo largo de todo centro Europa. Durante sus doce años de existencia, hasta la liberación por miembros del ejército norteamericano, 200.000 prisioneros vivieron en sus fríos barracones; 43.000 fueron asesinados. A pesar de haberlos, no fue un campo de exterminio judío. La población constaba de socialistas, comunistas, anarquistas, católicos, homosexuales, antisociales, intelectuales, gitanos… y un largo etc. de lo que por aquel entonces podría considerarse outsiders sociales (y gente de mal vivir que diría mi hermano). Fueron aglutinados en enormes barracones de madera que helaban en invierno y se cocían en verano, sometidos a experimentos, castigados con penitencias imperdonables, humillados hasta la extenuación, hasta lo insoportable, hasta el ridículo. Al final de la guerra, sus cámaras de gas llegaron a estar saturadas de muertos y en cada uno de sus hornos crematorios se llegaban a incinerar hasta cuatro cadáveres al mismo tiempo ante la inminente llegada aliada.
Ya no huele a carne carbonizada y las cenizas que de las chimeneas brotaban, no caen sobre el suelo pedregoso. Sólo queda el rotundo campaneo del convento de las Carmelitas Descalzas, que anexo al campo, recuerda cada hora el terror, el más agudo terror que jamás haya podido llegar a intuir… Líbreme dios de vivirlo. Amén.

Sordo Amor ( 3ª parte y última )

sábado 5 de septiembre de 2009 | | 5 comentarios

Comenzó hablando de la necesidad de la raza humana, de lo buenos que son los hombres, de su incuestionable presencia sobre el planeta, del progreso que habían conseguido atesorar (incluyendo un mini discurso sobre lo maravilloso de la Capilla Sixtina). Continuó debatiendo sobre las razones para la expansión demográfica, sobre como era imprescindible que los hombres y las mujeres tuvieran que unirse para formar nuevos núcleos familiares que propagaran la especie generación tras generación… y Mariam escuchaba, esta vez envuelta en un absoluto silencio carente siquiera de las razones de sus labios sordos.
Juan proseguía con el discurso, ensimismado en los buenos hijos y las mejores hijas. Mariam callaba con la boca abierta atónita ante lo que estaba oyendo.
- Hipócrita… - dijo en alto- ¡hipócrita…! - repitió de nuevo, subiendo el tono.
Juan se calló de repente al oír las palabras que provenían del otro lado de la pared. En silencio espero unos segundos y sólo se atrevió a decir un hola interrogativo a la espera de una respuesta que jamás en su vida había esperado ni por lo más remoto.
-Eres un hipócrita… ¿cómo puedes hablar de un tema del que no sabes nada?, ¿cómo es posible que hables de algo de lo que ni por asomo sabes contestar?, ¿cómo puedes razonar solo, como un loco, de un tema que desconoces…? ¿cómo me ofendes de esta forma? No quiero volver a escucharte nunca más. Eres un mentiroso, un farsante, un fiasco… y no quiero volver a saber de ti nunca más… - soltó en retahíla Mariam a punto de romper a llorar.
- ¿Pero quién eres?
- Tu vecina gilipollas…- dijo Mariam rompiendo a llorar.
- ¿Desde cuando estás ahí…?- cuestionó asustado un incrédulo Juan.
- ¿Y qué más da...?, ¡fraude, no eres más que un fraude!
- ¿No sabes que oír las conversaciones ajenas es de mala educación?
- Y hablar solo es de locos, ¡mamón!
- Mira, me voy a marchar y no quiero volver a escucharte, así que no vuelvas a hablar de lo que no sabes, ¿OK?
- ¿¡Qué no vuelva a hablar de lo que no sé!? – dijo Mariam presa de ira – ¿¡Qué no vuelva a hablar de lo que no sé!?
El tío de Mariam había sido bombero voluntario, de los que toman el chiquito en el segundo piso de la calle San Luis. Había participado en la extinción del incendio de 1941 y, en su mente, tenía más anécdotas que una reunión de quintos del ´67. Su tío le había cedido como herencia un mazo del cuerpo de bomberos, con asa de roble y maza de acero fundido de más de siete kilos de peso. “Algún día te hará falta” le había dicho su tío, y Mariam pensó que mejor momento que ese no lo encontraría jamás. Fue hasta su armario y se decidió a usarlo.
De un golpe seco hizo retumbar la pared. En el segundo se esforzó más y consiguió un agujero de más de quince centímetros de diámetro. El tercero abrió el boquete por donde las caras de ambos se miraban, una asustada y la otra resolutiva. El cuarto golpe abrió una puerta entre ambos mundos hasta entonces encontrados. Mariam tiró el mazo, cruzó el umbral y ya en el piso de Juan se le quedó mirando.
- ¿Pero qué has hecho?- dijo Juan con un hilillo de voz, totalmente estupefacto.
- ¿Que qué he hecho?- respondió Mariam – Abrirte los ojos – un momento de silencio se interpuso entre ambos. – Ahora te enseñaré que hoy, para variar, tienes razón.
Se desnudó, lo desnudó y juntos gozaron toda la noche. Amanecieron abrazados y agotados de tanta necesidad; sólo el silencio de su sueño hacía esbozar en ellos enormes sonrisas. Era sábado, había tiempo de sobra.

Sordo Amor ( 2ª parte )

martes 1 de septiembre de 2009 | | 1 comentarios

Mariam vive en frente de Julián. Es frutera en la Plaza de la Esperanza, con un puesto muy coqueto entre las verduras de Pepi y la floristería de Verónica.
A Mariam le encanta su trabajo. Desde pequeña disfrutó comiendo fruta pues todo el mundo le decía lo sana que ésta era y, si deseaba ser tan grande como su madre (una gallega de Pontevedra), tendría que comer mucha para poder, así, destacar por su salud de entre todas sus amigas. Con los años, Mariam no creció demasiado y su cuerpo nunca se distinguió por algo realmente admirable. Simplemente se desarrolló como lo hicieron los demás.
Tras heredar el puesto de su padre nada cambió mucho.Tal día como hoy se encontraba viviendo en el mismo piso donde nació, despachando naranjas y pomelos, y esperando formar una familia que al parecer, murió el día que su madre, aquejada de diabetes severa, decidió acompañar al cabeza de familia en el cementerio de Ciriego.
Pero Mariam tenía un secreto. Todas las tardes, desde la otra parte de la frontera, le encantaba responder en silencio a todas las preguntas que Juan se formulaba. Si Juan discutía con el Presidente del Gobierno y lo ponía en su sitio, Mariam no se arredraba y contraatacaba citándole el último discurso sobre el Estado de la Nación que previamente se había chapado sin descanso dejándole bien claro que el estado del país era insuperable. Si Juan decidía ser pesimista y hablar de la sinrazón de la existencia humana, de lo estúpido de su mera presencia y citaba sin descanso fragmentos de “La Náusea” de Sartre; Mariam en silencio, moviendo únicamente sus carnosos labios (a juego con su cuerpo), hablaba de la necesidad de la lucha contra el fracaso humano y se liaba a leer párrafos de cualquier libro de Camus (ella adoraba “La Peste” porque había tenido un novio argelino).
Así pasaban los días, las tardes completas hasta la hora de la cena. Hasta que el uno, descamisado y borracho de razones o taciturno de tristezas, dejaba de mirarse en el espejo e iba a la cocina a prepararse algo para terminar mirando la televisión abstraído; y la otra, contenta por haberle llevado la contraria por sistema, descansaba sentada en su butaca sin más compañía que los programas de comentarios económicos que a esas horas en la radio se sucedían.
Todo, digo, transcurrió así hasta la tarde en que Juan decidió hablar de un tema demasiado polémico. Preparado para su ritual, comenzó a hablar con tono pausado. Mariam le esperaba desde hacía ya un cuarto de hora y escuchaba tranquilamente sus primeras palabras a la espera de un contraataque que no se haría de rogar.


Sordo Amor ( 1ª parte )

domingo 23 de agosto de 2009 | | 4 comentarios

No es posible amar sin haber causado cierto daño. Si no es a uno mismo, es al otro, pero inevitable al fin y al cabo. Juan Mirasierra, vecino del barrio de San Simón, nunca se percató de que con su actitud hacía daño a una persona próxima a él, aunque alejada de su percepción.

Todas las mañanas, Juan se despertaba temprano para acudir a su puesto de trabajo en una correduría de seguros sita en el mismo centro de Santander. Su puesto estaba en un término medio dentro de la empresa. Eso, entre otras cosas, le permitía pasar relativamente desapercibido dentro de las grandes decisiones, cuestión que por otro lado nunca le había interesado demasiado. Lo que realmente absorbía a Juan consistía en improvisar arengas en su casa.
Delante del espejo, mirándose a sí mismo, se escuchaba decir grandes discursos. Provenían de lo más profundo de su inteligencia. A lo largo de interminables tardes, debatía acerca de los más diversos temas: desde una enorme bronca a su jefe por la ineptitud de sus decisiones empresariales hasta un debate prolongado sobre las ideas más rocambolescas derivadas de la última época de Wittgenstein. Podía hacerlo durante horas y horas aunque todo el proceso de desfogue parlanchín se procesaba siempre en base a una tradición: Uno empezaba siendo un determinado hombre cuando empezaba a hablar y terminaba por transformarse, una vez terminado su discurso, tanto en el aspecto físico como en el personal.
La verdad es que estas mutaciones se daban realmente a lo largo de las horas. Así, si comenzaba bien peinado e impoluto en su imagen -rostro firme y deseoso por hablar-, terminaba mal, tirado por los suelos, muerto de risa, cansado de sus aporías, lanzando anatemas contra la política internacional o asfixiado en la resolución de un problema matemático imaginario y carente de sentido. Aquel chirrido de pensamientos saliendo de su boca, con más o menos coherencia, le entretenía de una forma cuasi viciosa.
No había tarde que no participara en su particular juego pensando, además, que con ello no hacía mal a nadie. Quizás a sí mismo por recluirse en su casa sin ningún tipo de apego por una realidad que, entre otras cosas, le resultaba mediocre y absurda, basculando entre un trabajo que le permitía vivir y una soledad que nadie había querido solucionar. Era ésta última la que le invitaba a practicar sin ningún tipo de cortapisas y sí con muchos ambages su hobby preferido, la divertida charla de quien sólo se oye a sí mismo. Que equivocados estamos a veces, que estúpidos cuando nos damos cuenta.